Cultivar la Ecuanimidad, nuestra mejor amiga

Por | 2018-03-27T13:17:09+00:00 27/3/2018|Meditación, Vida|
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La ecuanimidad es una de las cualidades más poderosas que el ser humano puede cultivar. Y justamente es uno de los ejes centrales de la práctica de la meditación.

La ecuanimidad es una poderosa energía de armonía y equilibrio. Es respuesta proporcionada ante las adversidades, mente firme e imperturbable ante el elogio o el insulto, la ganancia o la pérdida, lo agradable y lo desagradable.

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La ecuanimidad surge al asumir conscientemente lo inevitable sin que el ánimo se turbe. Todo fluye, todo se modifica, todo cambia. En realidad, a la larga, nada permanece.

La persona ecuánime comprende esta verdad, por eso mantiene el ánimo sosegado aún en las circunstancias más difíciles.

Ecuanimidad es vivir en el presente, libre del pasado y del futuro y sin reaccionar con avidez o aversión.

La ecuanimidad nace cuando uno no se aferra a lo agradable y no añade sufrimiento a lo desagradable. En este caso, las sensaciones surgen y se desvanecen naturalmente.

Se vive ecuánimemente cuando se reconoce, en toda su profundidad, lo que significa dejar que ocurran las cosas.

Esto significa vivir en una vasta quietud mental, en una calma radiante que permite estar plenamente presentes en todas las distintas experiencias cambiantes que constituyen el mundo y la vida.

Aceptar el cambio

Es fundamental en el ejercicio de ecuanimidad admitir la idea de la impermanencia. Normalmente nos resistimos a ello, pero la verdad es que no nos queda otra salida.

Más bien, es la única alternativa que tenemos si realmente queremos ser felices dentro de este mundo en permanente cambio.

ecuanimidad y cambio

Tanto si aparece como un día de sol radiante o bien como un cielo gris cargado de lluvias, el cambio inherente en el paso del tiempo es un implacable recordatorio de nuestra fugaz existencia.

No sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos, pero nunca queremos parar.

Nos agarramos a la preciosa idea de vida, a nuestra pequeña parcela de tierra. Pero cuanto más nos aferramos más sufrimos. Nos cuesta aceptar las condiciones cambiantes. Este es nuestro conflicto cotidiano.

Por el contrario, si somos capaces de practicar la ecuanimidad en la que todo es visto y aceptado tal cual es, estaremos mucho más cerca de sentirnos bien y mejor a cada instante.

ecuanimidad y aceptación

Así pues, la práctica consiste en fundirse plenamente con el flujo de la vida cambiante.

Y muchas veces, actuar con ecuanimidad implicará respirar profundamente y actuar con compasión delante de situaciones a priori desagradables con desconocidos, con compañeros de trabajo o familiares y amigos.

Ecuanimidad y meditación

En ningún lugar resulta tan evidente el cambio como cuando nos sentamos sobre nuestros cojines siguiendo el flujo de la respiración.

Nos percatamos de que cada respiración es distinta, que cada inhalación y exhalación es única e irrepetible. Cada paso que damos, cada bocado que probamos, cada sonido que escuchamos es distinto a cualquier otro.

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Muchos meditadores confunden su práctica al tratar de mantenerse ecuánimes. Algunos visualizan lo que implica ser una persona ecuánime.

Piensan en ella como en alguien en quien se da poco movimiento emocional y en quien aparecen pocos deseo

Y confundiendo el efecto con la causa, de un modo contraproducente, se esfuerzan y luchan por reprimir sus emociones y sus deseos. Lo cual sólo refuerza los patrones que les alejan de ella.

Como hemos visto anteriormente, la ecuanimidad es lo que se abre en ausencia de apego o rechazo. Es decir, cuando ni el apego ni el rechazo al estado emocional o al deseo de turno está presente, la ecuanimidad si lo está.

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Prueba este simple ejercicio de meditación. Encuentra un lugar tranquilo, siéntate y cierra los ojos. Observa una emoción en el momento que surja.

No la juzgues o trates de modificarla, simplemente acógela y permite que se exprese sin reaccionar a ella. Aunque sea una emoción desagradable.

A medida que observamos con mayor consciencia un estado emocional, verás que este se va liberando de la carga psicológica que le acompaña y se va mostrando como una sensación más.

Dicho con otras palabras, la observación ecuánime transforma a la perturbadora emoción en mera sensación.

ecuanimidad y meditación

De este modo, el meditador no sólo aprende a no temer a la emoción negativa sino que incluso puede llegar a disfrutar de su experiencia cuando aparece, ya que resulta ser una excelente oportunidad para jugar al juego de la ecuanimidad si es vista desde la perspectiva meditativa.

Poco a poco, a través de la práctica de este ejercicio, vamos deshaciendo nudos y las emociones desagradables del pasado se van desintegrando y deshaciendo.

Es en esta apertura ecuánime donde las emociones y los deseos pueden ser expuestos, expresándose hasta descargarse y desaparecer.

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Sobre el autor:

Fundador de Elefante Zen y entusiasta de meditación y mindfulness.

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